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“El VIH hoy: Fisiología, Tratamiento y Prevención”

VIH

El día mundial del SIDA surgió de la conferencia mundial de ministros de salud sobre programas de prevención del SIDA, celebrada en Londres en enero de 1988, en la que delegados de más de 140 naciones declararon a 1988 como un año de comunicación sobre el SIDA. La propuesta de la OMS para que esta actividad culminará en el día mundial del SIDA, el 1 de diciembre de 1988, recibió el apoyo de la Asamblea Mundial de la Salud en mayo de ese año y más tarde de la Asamblea General de las Naciones General de las Naciones Unidas.

Cada año se enfatizan las actividades de prevención y control del SIDA que vienen realizando y se aportan nuevos canales de comunicación sobre el síndrome. Se trata de un evento anual en el que la mayoría de los países establecen una comunicación para ayudar a construir un esfuerzo universal y perdurable para prevenir el SIDA. Participan en ello los organismos gubernamentales de salud y las organizaciones de la sociedad civil de lucha contra el SIDA.

Prevención del VIH en adolescentes y jóvenes

La prevención del Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH) en adolescentes y jóvenes representa uno de los mayores retos de salud pública a nivel mundial, debido a la vulnerabilidad biológica, social y conductual que caracteriza a estas etapas de la vida. El VIH es un virus que afecta el sistema inmunológico, debilitando las defensas del organismo y, si no se trata adecuadamente, puede evolucionar al Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida (SIDA), una etapa avanzada de la infección con graves consecuencias para la salud. Los adolescentes y jóvenes, definidos comúnmente como personas entre los 10 y 24 años de edad, constituyen un grupo con alto riesgo de infección debido al inicio de la vida sexual, la falta de información científica adecuada, la presión social, el consumo de sustancias psicoactivas, la exploración de la identidad sexual y la limitada percepción del riesgo.

Una de las principales estrategias de prevención del VIH en este grupo poblacional es la educación sexual integral. Esta educación debe ser científica, laica, continua y adaptada a la edad, abordando temas como la anatomía, la reproducción, el uso correcto del preservativo, las infecciones de transmisión sexual, la diversidad sexual, el consentimiento, las relaciones sanas y la responsabilidad afectiva. Numerosos estudios han demostrado que la educación sexual no incrementa la actividad sexual en los jóvenes, sino que retrasa el inicio de la misma y fomenta prácticas más seguras. Informar de manera clara y sin prejuicios permite que los adolescentes desarrollen habilidades para tomar decisiones responsables y reducir conductas de riesgo.

El uso consistente y correcto del condón masculino o femenino es otro pilar fundamental en la prevención del VIH. El preservativo es un método de barrera que impide el contacto directo con fluidos corporales como el semen, las secreciones vaginales y la sangre, que son las principales vías de transmisión del virus durante las relaciones sexuales sin protección. A pesar de su eficacia comprobada, muchos jóvenes no lo utilizan por falta de acceso, vergüenza al adquirirlo, creencias erróneas o presión de la pareja. Por ello, es indispensable mejorar la disponibilidad gratuita de condones en escuelas, centros de salud y espacios comunitarios, así como promover campañas que normen su uso.

En los últimos años, también se ha incorporado la profilaxis preexposición (PrEP) como una opción preventiva eficaz para personas con alto riesgo de adquirir el VIH, incluyendo adolescentes y jóvenes. La PrEP consiste en la toma diaria de medicamentos antirretrovirales que, cuando se usan de forma correcta, reducen significativamente la probabilidad de infección. De igual forma, la profilaxis posexposición (PEP) puede ser utilizada dentro de las primeras 72 horas después de una posible exposición al virus, como en casos de relaciones sexuales sin protección o violencia sexual. Sin embargo, el desconocimiento sobre estas estrategias y las barreras en el acceso limitan su impacto en este grupo etario.

Las pruebas de detección temprana constituyen otra herramienta clave en la prevención del VIH. Realizarse la prueba permite conocer el estado serológico y, en caso de resultar positiva, iniciar tratamiento antirretroviral de manera temprana. Este tratamiento no solo mejora la calidad y esperanza de vida de la persona, sino que también reduce la carga viral hasta niveles indetectables, lo que significa que el virus no se transmite por vía sexual (indetectable e intransmisible). Fomentar la cultura de la prueba entre adolescentes y jóvenes, garantizando confidencialidad y orientación adecuada, contribuye a romper el estigma y a disminuir la propagación del virus.

El contexto social y emocional también juega un papel importante. La pobreza, la falta de oportunidades educativas, la discriminación, la violencia de género y la homofobia aumentan la vulnerabilidad al VIH. Por esta razón, la prevención debe ir más allá del ámbito médico e incluir políticas públicas que garanticen igualdad, acceso a servicios de salud, protección de los derechos humanos y entornos seguros. Es fundamental brindar apoyo psicológico, redes de acompañamiento y programas comunitarios que empoderen a los jóvenes, especialmente a aquellos pertenecientes a poblaciones clave, como jóvenes LGBTQ+, trabajadores sexuales, personas que usan drogas y jóvenes en situación de calle.

En conclusión, la prevención del VIH en adolescentes y jóvenes requiere un enfoque integral, multisectorial y continuo que combine educación sexual, acceso a métodos de protección, pruebas diagnósticas, tratamientos antirretrovirales, reducción del estigma y fortalecimiento de los factores de protección social. Solo mediante la participación conjunta de la familia, la escuela, los servicios de salud y la comunidad se podrá disminuir la tasa de nuevas infecciones y garantizar una juventud informada, sana y libre de discriminación.

Fisiología del VIH

El Virus de la Inmunodeficiencia Humana (VIH) es un retrovirus que afecta principalmente al sistema inmunitario, en especial a los linfocitos CD4+, células fundamentales para coordinar la respuesta defensiva del organismo. Su fisiología se basa en un ciclo de vida complejo que le permite entrar a la célula, replicarse y permanecer de manera crónica en el cuerpo.

Una vez que el virus entra en contacto con una célula CD4+, la glicoproteína gp120 que recubre su superficie reconoce y se une al receptor CD4 y a correceptores como CCR5 o CXCR4. Este primer paso facilita que la membrana viral se fusione con la membrana de la célula y que el material genético del virus, entre al interior celular.

Dentro de la célula, el VIH utiliza una enzima propia llamada transcriptasa inversa para convertir su ARN en ADN. Este proceso es clave porque permite que el virus pase de un material genético inestable a una forma compatible con el ADN humano.

Posteriormente, ese ADN viral es transportado hasta el núcleo, donde otra enzima viral, la *integrasa, lo inserta dentro del ADN de la célula. A partir de ese momento, el virus queda “instalado” y la célula comienza a producir componentes virales cada vez que realiza sus procesos normales de replicación. Esta integración también permite que el VIH permanezca en estado de **latencia*, oculto y sin producir partículas virales activas, lo que dificulta su eliminación completa incluso con tratamiento.

Una vez activado, el ADN viral integrado se transcribe y traduce gracias a la maquinaria de la célula huésped. Es decir, la propia célula fabrica nuevas proteínas virales y copias del genoma del VIH.

Estas piezas se ensamblan y forman nuevas partículas virales inmaduras. Finalmente, el virus sale de la célula por un proceso llamado gemación, adquiere su envoltura lipídica y, mediante la acción de la proteasa viral, madura hasta volverse completamente infeccioso.

Toda esta fisiología viral provoca una pérdida progresiva de linfocitos CD4+, ya sea porque las células infectadas mueren, porque son destruidas por el sistema inmune o porque se agota la capacidad del organismo para reemplazarlas. Con el tiempo, esta disminución deteriora la capacidad del cuerpo para defenderse de infecciones y ciertos cánceres, dando lugar al desarrollo del SIDA si no existe tratamiento.

Tratamiento Antirretroviral (TARV)

De acuerdo con la Guía de Práctica Clínica: Tratamiento Antirretroviral para el Paciente Adulto con Infección por el VIH, es indispensable que el paciente con un diagnóstico confirmado con VIH comience lo más pronto posible son su TAR, esto con el objetivo de impedir que la enfermedad avance y deteriore su sistema inmunológico lo que puede dar paso a otras comorbilidades, además de evitar la transmisión del virus.

Sin embargo, en la actualidad existen diferentes barreras por las cuales no se inicia el esquema TAR a tiempo o hay una mala adherencia al tratamiento, siendo la principal el estigma social que hay alrededor de la enfermedad por lo que los pacientes tratan de “ocultar” su diagnóstico y por ende su tratamiento, entorpeciendo así su posible mejoría.

De igual forma, otra barrera puede ser el que el paciente ya esté diagnosticado con otras enfermedades crónicas que requieran de un tratamiento farmacológico, aumentando el riesgo de sufrir reacciones adversas graves.

Se recomienda alguno de los siguientes esquemas como tratamiento inicial:

  • Dolutegavir/Abacavir/Lamivudina (AIa)
  • Dolutegravir + TAF/Emtricitabina (AIa)
  • Elvitegravir/cobicistat/TAF/Emtricitabina (AIa)
  • Raltegravir + TAF/Emtricitabina (AIII)

Para poder establecer cuál de estos es apto para cada paciente es necesario evaluar diversos factores como la función renal, la presencia de enfermedades óseas u otras comorbilidades, niveles de creatinina, entre otros.

Incluso a pesar de tener en cuenta dichos factores, puede existir lo denominado resistencia viral, en el que incluso con el esquema implementado no hay una disminución de copias en la replicación viral del VIH, por lo que sigue siendo detectable y a la vez sigue siendo transmisible.

Cuando existe este tipo de resistencia, el paciente debe ser sometido a un estudio para determinar su tropismo viral y así poder construir un nuevo esquema antirretroviral y el paciente pueda implementarlo lo más pronto posible.